VIAJAR no es morir un poco

El abuelo recordó un poema de Kavafis: 

«Cuando emprendas tu viaje a Itaca/pide que el camino sea largo, /lleno de aventuras, lleno de experiencias. /No temas a los lestrigones ni a los cíclopes/ni al colérico Poseidón,/seres tales jamás hallarás en tu camino,/si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo». 

El tren viajaba lento por la noche y botaba un humo negro.

El abuelo miraba por la ventana, pero no veía nada y a su lado estaba el niño, su nieto.

«Detente en los emporios de Fenicia/y hazte con hermosas mercancías,/nácar y coral, ámbar y ébano/y toda suerte de perfumes sensuales,/cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas./Ve a muchas ciudades egipcias/a aprender, a aprender de sus sabios».

Viajaban obligados y con algo de desesperación. El abuelo se despedía de su ciudad, de sus calles y de su libertad. 

«Ten siempre a Itaca en tu mente./Llegar allí es tu destino./Mas no apresures nunca el viaje./Mejor que dure muchos años/y atracar, viejo ya, en la isla,/enriquecido de cuanto ganaste en el camino/sin aguantar a que Itaca te enriquezca».

El abuelo recitó al niño, lento y mustio: 

«Itaca te brindó tan hermoso viaje./Sin ella no habrías emprendido el camino./Pero no tiene ya nada que darte».

El niño no entendió, aún era muy chico para entenderlo. Faltaba que viera más muerte. Y más guerras. Y más despedidas.

«Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado./Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,/entenderás ya qué significan las Itacas.»

 

Ocultos en las sombras, cuando la ciudad estaba sitiada, el abuelo y el niño, subieron a un tren y, separados, intentaron mimetizarse entre los pasajeros de segunda clase, la mayoría indígenas. 

Huían hacia Parotani, el pueblo del abuelo. El fascismo boliviano había arrebatado el poder con un golpe de Estado. Los militares tomaban las calles y el poder. Y la vida de otras personas. 

El abuelo pensó: «No viajamos como Heródoto para maravillarnos». 

Heródoto no hacía poemas épicos que las musas susurraban a su oído. Él contaba la realidad. Sus viajes eran sus relatos.

Cada viaje nos despoja un poco de nosotros mismos.

El abuelo pensó: «Nos contamos historias falsas hasta la próxima estación». 

El niño recordó, tal vez sería su primer recuerdo importante: una pareja se miraba. ¿Con pena? ¿Con amor?  ¿Con deseo? El tren se detuvo y la mujer cogió su valija de mano. Se despidió sin ningún beso, sin ninguna promesa. Sólo un juego de miradas sin dirección postal.

Viajar es recordar. Y el abuelo recordó una lectura. 

En el tren donde lo llevaban deportado a Auschwitz, Primo Levi, el escritor italo-judío, encontró una mujer a la que había conocido en su juventud.

Hablaron de la vida y de la muerte. De la esperanza. De la resignación. El tren a Auschwitz fue una condena. 

El abuelo y el niño también estaban condenados. Lejos de la ciudad, el tren transitaba una tierra yerma. 

Volvió a recordar: «Las noches de Europa están cruzadas por trenes siniestros». 

En uno de ellos iba Evgenia Ginzburg, militante comunista. Estaba condenada por Stalin a 20 años de trabajos forzados.

El tren que la condujo a las cercanías del polo norte tardó un mes en recorrer la distancia entre Moscú y Vladivostok.

El tren sólo fue en una dirección.

El niño se apoyó a la ventana.

«¿Adónde viajamos?».

«Cerca del sol», respondió el abuelo.

«Moriremos», dijo el niño.

«Hoy no». 

Y volvió a recordar: «Ginzburg iba en un tren fantasma, todos sus pasajeros habían muerto de tifus».

Los cadáveres estaban llenos de piojos y gusanos. 

El abuelo lo había leído en la novela «Tiempos salvajes», de Joseph Kessel.

Era el relato de un soldado alcoholizado que había dejado atrás la Primera Guerra Mundial.

La Gran Guerra.

«Irás detrás de mí cuando bajemos en la estación», dijo el abuelo.

«No quiero separarme», dijo el niño.

«A veces es lo mejor».

El amor y la separación entre Franz y Milena están registrados en cartas. Franz Kafka y Milena Jesenska. Algunas o todas fueron entregadas a su amigo Willy Haas, unos días antes que el ejército alemán entrase en Praga. 

Era una primavera sin luz ni brillo del año 1939. La última misiva, Franz, la había escrito 16 años atrás, cuando Milena viajaba en esos trenes de la muerte, que se detenían noches enteras en estaciones oscuras y tristes, lluviosas y silenciosas. 

Tal vez Milena recordó los viajes secretos, cuando ella estaba casada y vivía en Viena y su amante Franz Kafka en Praga. Las citas eran en la estación ferroviaria de Gmüd.

«¿Qué somos?», preguntó el niño. 

 «Desterrados». 

Nadie sabe quién es quién cuando los centroamericanos viajan en los techos de los vagones de carga buscando la frontera norte.

El abuelo y el niño pudieron ingresar al tren cuando una indígena les compró unos boletos. 

El abuelo pensó: «Viajar solo sin que nadie te conozca es ser nadie». 

En la estación de Parotani los esperaba un amigo del abuelo. Se llamaba Serapio y era el sheriff del lugar. Él también era un perseguido por haberse enamorado de la hija del médico.

Mimi se llamaba su amor. 

El abuelo y Serapio se abrazaron y se dijeron algo al oído, algo secreto, así lo recordó el niño, años después. 

El niño esperaba atrás.

Volvería un par de veces más. Para enterrar a su madre. Para despedirse una última vez de su abuela. Para volver a ocultarse de los militares.

En otra dictadura, que era el espejo de todas las dictaduras.    

«Nos buscan», dijo el abuelo.

«No les demos la alegría de que nos encuentren», dijo Serapio.

Luego el abuelo presentó a su nieto y Serapio le dijo: «Veras a Mimi, pero de lejos».

Edmundo de Amicis escribió sobre un viaje desesperado. Un niño llamado Marco tuvo que viajar desde los Apeninos hasta más allá de los Andes para buscar a su madre. En Tucumán, lejos de esas montañas azules y nevadas, la encontró. Estaba moribunda y un médico le dijo: «¡Eres tú, heroico niño, quien ha salvado a tu madre!».    

El niño lo leyó en «Corazón», uno de los últimos libros que le regaló su abuelo.

Y luego pasaron los años. 

El niño creció y sus piernas se cansaron de tanto escapar y sus ojos se cansaron de tanto mirar. Pero, antes …

… el abuelo le recordó que no olvidara la moneda bajo la lengua cuando tenga que partir. El nieto lo miró sin entender. «Es para el barquero de Hades llamado Caronte, te cobrará por llevarme a la sombra eterna de la orilla opuesta del rio Aqueronte»

No volvió a viajar más con el abuelo.

El niño llegó a Suecia solo ¿un invierno frío? Si siempre es invierno.

Se casó y tuvo hijos y nietos. Y aún soñaba con el primer viaje que hizo con su abuelo.  

Se hizo periodista.

Un día salió de Estocolmo, al lado suyo iba Mohamed que había llegado a Suecia después de salir de la encerrona de Palmira, en Siria. Pasó por varios países, entre ellos Turquía; en bote arribó a Grecia después de dos naufragios, de allí unas semanas caminando y otras subiéndose a camiones, llegó a Estocolmo tan aligerado que no tenía ni maleta ni familia. Seis ojos lo miran desde el fondo del mar. 

«Odio el mar», dijo. 

«Cada uno odia lo que puede», dijo el periodista.

Luego Mohamed contó que aún tenía pesadillas. 

«Mi hija, la más pequeña, me mira con los mismos ojos con que los que me miró al nacer». 

También veía a su hijo, jugando fútbol, pero … sin pies y a su mujer abandonada como una valija en el andén de una estación. 

«En cada pesadilla se alejan más».

Los tres levantaban sus manos en señal de despedida.

Cada viajero obligado tiene su propia pesadilla. Como aquél que se levantaba cada madrugada porque aún escuchaba el ruido de la picana de la dictadura argentina.  

El periodista lo conoció en una celda.

«Es un ruido como de corte circuito», dijo.

El periodista anotaba lo que podía.   

«Tenía mucha sed desde que me hicieron la primera picana. Los otros presos me dijeron que beber era peligroso porque mi cuerpo estaba lleno de electricidad. La celda era oscura y mi vida era oscura. Así recuerdo Argentina». 

El periodista se llenó de otras pesadillas. Pesadillas ajenas, pero también tenía las propias.  

La que no olvidaba fue cuando presenció el cadáver de una mujer africana en la costa de Algeciras. La arena cubría parte de su piel negra. Estaba desnuda y le salían algas por las fosas nasales. Olía a sal de mar y a extravío. En la mano agarraba un papel con dos direcciones, una en Toledo y la otra en Atocha. Y también había un poema de Joumana Haddad:

«Enderezo mi cabeza, mi espléndida cabeza de muerta, y busco el camino por el cual volveré, busco la piedra deshabitada que entenderá mi ausencia. Alguien duerme en mí y lo despierto. Alguien duerme en mí y es lo que no fui: la mejor vida posible que nunca supe vivir».

Fue el poeta francés Edmond Haraucourt (1856-1941) autor de la imagen de la muerte que aparece cuando dos humanos se separan.

Es el autor de: Partir c´est mourir un peu.

El periodista pensó: «Viajar es morir una y otra vez». 

O renacer como en el mito de Wu tao-tzu.

Wu tao-tzu fue un preso chino que se dedicó desde el primer día a pintar un tren en la pared de su celda.

Pasaron varios inviernos y llegaron varias veces las primaveras. Wu tao-tzu encaneció y su dentadura se llenó de una pátina color café, como de violín viejo.

Pero no dejó de dibujar. 

Cuando el tren estuvo terminado, se subió a él y no volvió más.

El periodista pensó, cerrando los ojos y recordando a su abuelo: 

“Viajar no es solo morir un poco”.

Carlos Decker-Molina 

Ostuni (Italia) septiembre 2019

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