Los lentes de Virginia Woolf

Coleccionista de recortes y papelitos

Esta vez no se trata de nada escrito en un papelito o en una servilleta, es una hoja desgarrada de algún catálogo donde está la fotografía de los lentes de carey redondos como los de Trotski dentro de una caja verde, pertenecientes a Virginia Woolf. Me los habría querido robar para probármelos, pues yo también soy miope, y ver cómo Virginia cuando creaba sus inolvidables novelas como Orlando, Olas y Horas y poder escribir Orlandito, Olitas y Horitas y así transformarme en un escritorcito.

Virginia no era Woolf hasta que se casó con Leonard, periodista y convencido anticolonialista a pesar o justo por que estuvo varios años como administrador de la colonia de Ceylán (Sri Lanka) Ambos pertenecieron al grupo llamado Bloomsbury del que, luego, les cuento.

Cuando voy desgranando el recuerdo, el pedazo del catálogo con la foto de los lentes de Virginia Woolf es de una exposición que recuperó el Bloomsbury Spirit.  El sitio donde se mostró es una sala de exposiciones metida en la roca que colinda con un bosquecillo y remata en el mar, se llama Artipelag, un juego de palabras entre arte y archipiélago.  

Mi intensión primigenia era chamanista (robo de palabras: viene de chaman que es brujo), los lentes de Virginia Woolf me enseñarían a pasar del ensayo a la novela, porque esos lentes son el mejor testigo de esa transformación, pues, la Woolf primero fue ensayista y luego literata. Podría comprar unos lentes iguales o parecidos, pero, lo chamanista sería obtener los lentes originales que deben estar en algún museo.

¿Imposible?

No, para la literatura todo es posible, puedo escribir la novela de los lentes de Virginia. El relato del robo de los lentes, la persecución de los agentes del museo y de la policía por ubicar al ladrón sería el hilo conductor hasta llegar a dar con el autor miope que, con los lentes de Virginia Woolf, estaría poniendo punto final a la novela.

El recuerdo de Virginia Woolf me llevo al mar, sinceramente no lo extraño, para mi el mar es lo que es. Al haber nacido en un país sin costa marítima no tengo apego a ninguna costa, ni playa, tampoco tengo nostalgia del ruido de las olas que, más bien, no me dejaban dormir, me intimidaban en la Rocas, un barrio de Antofagasta, donde vivíamos mi mujer y mis tres hijos.

La falta de historia marítima me producía temor a un desborde cuando el mar embravecido rugía y nos mandaba oleadas que parecía salpicarnos la cara a pesar de la distancia.

Hay otras olas a las que les tengo cariño y son las de Virginia Woolf, su libro que teje el contrapunto de seis voces que evocan con intensidad los recuerdos de la infancia y la adolescencia desde la esquina de la madurez. Las Olas esta considerada como una de las mejores novelas del siglo XX.

Los diálogos de Virginia Wollf, emociones, sensaciones entretejidas son el flujo y el reflujo constante, eterno y mutable del mar, por eso el título.  

Mi intensión no es atosigarlos con algo que conocen por eso voy a hacer una pausa para tomar un cóctel. Es un invento mío, muy querido en el seno familiar.

La receta del coctel deckeriano

Una medida de Aperol, la misma cantidad de jugo de naranja y otra de agua tónica (mi preferida es Tonic water schweppes), cuando preparo sólo para mí fortifico con media medida de Gin (Bombay Shapphire) Todas las bebidas deben estar frías, para evitar el hielo. ¡Salud!

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