“Escucha lo que hicieron. No escuches lo que dijeron”

De la serie

Coleccionista de recortes y papelitos

Otro día más o ¿menos? Gimnasio, desayuno con los amigos del grupo de veteranos de lides pasadas. Se me ocurrió contarles que estoy reciclando palabras escritas en papeles sueltos (mejor es: papelitos) les entró curiosidad.

A mis amigos del grupo veteranos les dije que el último papelito que miré tenía una cita de James Fenton. Me miraron interrogativo, como diciendo: y … ¿Quién es ese James Quince?

Sólo uno de los amigos conocía Fenton, nos reímos mucho porque es un apellido que en sueco mal pronunciado sería el número quince (femton). ¿No lo conocen? James Fenton es un poeta, periodista y crítico literario inglés, he leído poemas sueltos, algunos buenos y otros menos buenos.

La frase de Fenton es importante cuando se escucha a un político, pienso que la escribí para encabezar algún análisis de algún gobierno que sólo habló y no hizo, lo prometido.  

Hoy tengo complicaciones con mi tiempo. Debo ejercer la profesión de abuelo. Antes de detener mi relato, recuerden lo importante de la cita de James Fenton. A veces solemos juzgar por lo dicho y no por el hecho, y no piensen sólo en política, piensen que la cita es de suyo importante cuando uno lee algunas opiniones en Facebook.

Aquí paro de contar estas historias, algunas totalmente intrascendentes, pero sirven por lo menos hacen pensar.

 

Han pasado unos días, por esas casualidades truculentas tuve una pequeña hemorragia ocular, muy a propósito de mis apuntes sobre la ceguera.

 

La enfermera online, muy común en Suecia, me dijo: “Tranquilo, no es peligroso, no afecta a la vista. Debiste hacer un esfuerzo y alguna vena ocular se rompió. Se pasa en tres o cuatro días”

“¡No esfuerces la vista! ¡Tira esos papelitos!”. Me dice mi voz interna. Ante la advertencia prefiero el diagnóstico, “no afecta a la vista”. Y, sigo escarbando mis recuerdos escritos en servilletas y papelitos sueltos.  

 

Los medios sociales – ¿algo escrito por mi? – son admirables por la rapidez, por su simultaneidad, pero producen un ruido ensordecedor.

 

Me parece que es una cita de Umberto Eco. No estoy seguro, pues, escribí sin entrecomillar, debe ser algo rehecho en base a alguna lectura cercana a Eco o a Garton Ash, pero puede ser también Byung.

Byung-Chul Han sostiene que la pululante masa de información es un exceso de positividad, se manifiesta con mucha bulla, él usa la palabra ruido.

Para quienes no conocen a Byung, les cuento que es un filósofo surgido en Alemania, aunque es de origen coreano. Estudió en Friburgo, hoy es profesor en la Escuela Superior de Karlsruhe.

Me pregunto si a través de esa bulla podremos llegar a la verdad. Darse por enterado es estar informado. Enterado e informado sigue lejos del conocer.

Francis Bacon, todos lo saben, dijo: el conocimiento es poder, Michel Foucault invirtió la sentencia de Bacon para decir: es el poder el que decide qué se considera conocimiento.

Bacon se acercaría a la sociedad escandinava donde el conocimiento es de suyo importante, Foucault estaría definiendo lo que es la sociedad china, la rusa de Putin y la turca de Erdogan, lugares donde el poder decide que es lo que debe conocerse.

Esta realidad nos lleva a plantear una pregunta sobre la libertad de expresión.

El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 dice:

 

“Toda persona tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, y el de buscar, recibir, difundir informaciones y opiniones por cualquier medio de expresión sin consideración de fronteras”.

 

En 1948 no había Internet, si releemos el artículo 19 y nos detenemos en sin consideración de fronteras, es un desafío extraterritorial.

Para seguir el camino de la verdad, debo aclarar que la versión de 1948 fue reformulada en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP). La formulación sigue siendo la misma, pero contiene más detalles, más información sobre todo en la parte de restricciones “que deberán estar fijadas por la ley”.

 

  • Asegurar el respeto a los derechos o a la reputación de los demás
  • La protección de la seguridad nacional, el orden público o la salud o la moral públicas.

 

Hay más, en el artículo 20 figuran prohibiciones importantes sobre la propaganda bélica y la “apología del odio nacional, racial o religioso que constituya la incitación a la discriminación, la hostilidad o la violencia”.

¿Qué quiere decir esto? Los límites a nuestra libertad de expresión efectiva los pone el Estado en el que vivimos, pero hay “estados virtuales llamados Facebook, Google y Twitter”, que al ser parte del mercado venden nuestras opiniones lanzadas libremente y sin intensión comercial. Creo que el globo terráqueo está en una lucha tenaz por el poder de la palabra que es una lucha por el poder del mundo. ¡Ojalá me equivoque!

Hillary Clinton en 2010 era secretaria de Estado de los Estados Unidos, en un discurso sobre la “libertad en Internet”, citó a Roosevelt que enunció las cuatro libertades básicas y ella agregó una quinta: “la libertad de conexión”. Enfatizó: “Los cortafuegos que bloquean Internet deberían caer como cayó el muro de Berlín en 1989”

La paradoja surge cuando WikiLeaks publicó los secretos de las comunicaciones diplomáticas del Departamento de Estado. El software usado por WikiLeaks estaba financiado por el gobierno de los Estados Unidos, según el investigador Timothy Garton Ash,” (a Washington) le “salió el cibertiro por la culata”. Y, la otra paradoja es la labor de los agentes rusos que infiltraron páginas de la red para hacer campaña, justamente, contra Hillary Clinton. Quiere decir que no habían “contrafuegos” y ejercían la quinta libertad, lo extraño es que lo hicieron desde otro país, que no tiene la misma legislación que los Estados Unidos.

Antes de irme a una velada poética de Lars Eriksson y Juan Carlos Piñeyro, les aconsejo leer el libro Libertad de Palabra de Timothy Garton Ash donde están estos y otros temas, y una pregunta que la hago mía y se les dejo para que piensen en la respuesta.  

¿Quién decide lo que es bueno o malo en la Red?

Chau, hasta otro día.

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