El nacimiento – Carlos Decker-Molina

Cuando la miro en aquella vieja fotografía en blanco y negro, que con el tiempo se convirtió en sombra, vuelvo a su interior. 

El pasado no se apaga, está ahí como un punto pequeño de luz en la espalda del presente. Anclado un instante fue llama que iluminaba la esperanza. Se fue apagando, pero, sigue siendo un espacio que alguna vez nos alumbró. 

¿Nostalgia? No, es sólo volver al sueño ingenuo del pasado, para probar, una vez más, que estoy nacido.

Aún no me conocía y me miraba con la tristeza de siempre; mis ojos no la veían, pero todo yo sentía el intenso palpitar de su corazón sobre todo cuando montó en aquel tren, resoplando humo de carbón nos llevaría a buscar la otra orilla del sueño convertido en amor. 

Mi padre esperaba y nos miraba desde sus libros de justicia y derecho, alumbrado con la luz de una vela en su habitación de estudiante.

El día de la partida alcancé a escuchar la letanía de un rezo, la abuela la despedía a su manera y al incrédulo, que habiendo sido cura no creía en dios, se le cayeron dos lágrimas dejando un rastro de humedad en su desgastada mejilla de abuelo. 

El rezo y el par de lágrimas fueron el único equipaje del viaje al mañana que emprendimos ella y yo. Él nos esperaba en la ciudad, se habían casado sin luna de miel. 

En sus adentros, como un pez, sentí extraños movimientos a que ella estaba sometida. Sentí el abrazo de él, pero, me preocupaba su silencio, hasta que dijo: “Nos persigue el ayer y aún no distingo el horizonte”. 

Fue un susurro la respuesta: “Seguiremos en busca del amanecer”, y al posar su mano en el exterior del recipiente sagrado que me retenía dijo: “Es por él, no lo olvides”.

Eran dos, éramos tres. ¡Siempre de huida! 

Era una huida arropada de sombras y de miedo y de amor y de ternura. Insomnios que no se van ni siquiera con el sol del día y yo, mirando y sin mirar, agarrado de sus huesos y su sangre, marejada de vida que se nutre de amor y, tal vez, de temor.

Los ladridos de perros sueltos y el griterío humano rompieron, con el puñal de la arrogancia, el silencio de la noche. Entonces sentí ambas manos sobre mí hablando un idioma de mieses y mieles. “Ya pasara”. Se lo llevaron por pirista, dijo y no entendí la última palabra, lo que me quedó claro fue que los que se lo llevaron eran policías de civil. ¿La prisión y la huida serán la única herencia? 

Feroz batalla entre la miseria, la justicia y la esperanza. Dioses sin verbo y solo mirando. Y yo, transformado en mota de luz en la implacable oscuridad de un destino ahíto de incertidumbre. 

Pasó el tiempo y yo crecía que daba patadas y manotazos. Y, llegó el día.

Tendida en un camastro de hospital público, lanzó un grito, sentí el río de sangre que nos inundó y me convertí en su estirpe. 

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