CRÓNICAS – El prólogo de Gonzalo Lema

En la pasada Feria del Libro de La Paz, la Editorial Plural, presentó mi libro CRÓNICAS, una recopilación de mis textos publicados en diferentes medios periodísticos.

Es un libro entrañable para mí, no solo porque reviven en mi mente aquellos instantes en que fueron creados los textos sino porque tiene ilustraciones de mi hijo Carlos.

Quiero compartir el prólogo de Gonzalo Lema, notable escritor varias veces premiado, que me sugirió hacer este libro.

Volià

Prólogo

Citado por Carlos Decker-Molina, se lee que Soren Kierkegaard arribó a una conclusión sorpresiva: “La vida debe ser vivida hacia adelante, pero sólo puede ser comprendida hacia atrás”. En nuestros tiempos podría entenderse la primera parte de esta máxima como “un dejarse vivir”. Esto es: con los ojos cerrados y librados al consumo de nuestra existencia por los días, pero por supuesto que ese razonamiento no tuvo nunca este propósito. Quienes han estudiado al magnífico filósofo danés advierten del fundado temor que tuvo siempre para asumir decisiones pensando en el futuro y que inclusive afirmó que “no hacer nada” bien podría producir efectos definitivos. No sólo eso: parte de la médula de su estudio indica que hay contadas formas o maneras de vivir la vida y él apostó a una por encima de las otras. Siendo como fue, hombre de convicciones, ha debido preocuparle en extremo la vida todavía por vivir como la ya vivida. Es decir: seguro hubo de su parte un esfuerzo por comprender lo todavía no experimentado basado en lo ya dejado atrás. Al mismo tiempo debe decirse pronto que la “comprensión” de cuanto vamos dejando atrás, que muy bien se llama historia, no termina nunca de hacerse, de acabarse, o de consolidarse, y que más bien no cesa de descubrirse, tampoco de enriquecerse, una y otra vez, a la luz de las nuevas experiencias. El futuro se alimenta del pasado, es cierto, pero el pasado se alimenta del futuro, y es fundamental que quede claro.

Las crónicas tienen el propósito de alumbrar esos días, o momentos, ya vividos, pero también tienen la virtud de ayudarnos a reflexionar sobre el futuro. “Pienso que el desastre de Ñancahuasú y el golpe contra Allende obligaron a priorizar la política frente a las armas”. A su modo, enseñan. Y previenen: “Eran tiempos en que quise perder la memoria –la memoria de la dictadura- y luego lloré al no querer olvidarla allende los mares”. Quizás fue la razón principal para que el autor de este importante libro lo escribiera y lo hiciera, además, con visible honestidad intelectual.

La década del 70 fue la más tristemente fecunda en materia de exilio latinoamericano. Si bien no cesó todavía durante los primeros años de los 80, fue entonces que una multitud abarrotada de chilenos, de uruguayos, de argentinos y de bolivianos, entre otras nacionalidades, saliera de su país con el alma en vilo como única pertenencia. La feroz represión ejercitada, en unos casos de manera generalizada, en otros, más bien seleccionada, dio como resultado extremo las “sociedades rotas” –Argentina, Chile- y como mínimo las vidas escindidas de los fugitivos del terror. Una vida sin futuro conocido, por lo menos en primera instancia, y cargada de un pasado que, está visto y es sencillo comprender, no se aliviana nunca más. “Mi vida de exiliado es una carta larga, escrita con letra menuda –a veces a la apurada-, enviada de posta en posta con destino conocido”. Claro, el pasado es cierto y tiene sus señas precisas, no así los días que vienen cargados de nubosidad donde campea la gris y fría incertidumbre del desarraigo.

Estas crónicas –muchas sencillamente preciosas, otras reveladoras de su desconcierto inicial: “La crisis de hoy no se parece en nada a la del 68. Las razones son simples: el comunismo no tiene patria, ni siquiera Cuba y menos Corea del Norte”.- son al mismo tiempo razonamientos en voz alta y reflexiones a propósito de tantas diversas experiencias que a Decker-Molina le tocó vivir. Pasado el tiempo del dolor vivo, lacerante, y más serenas las aguas de la lejana juventud obnubilada por férreas ideas conducentes a la revolución autoritaria a cargo del partido, supuesta vanguardia del pueblo, y caídas, ya derrumbadas todas ellas sin excepción, o desvirtuadas en grosero extremo, afirma con entereza que “cuando llega el momento hay que recordar que la democracia es sinónimo de compromiso”. Sorprende. Imposible no advertir su desplazamiento hacia el centro de lo que antes, con sospechosa facilidad, se llamaba izquierda y derecha. Un centro necesario para debatir y conciliar las contradicciones propias de la vida en sociedad, de los tantos intereses confrontados que genera, de las deudas históricas que se deben honrar, y de la renovación fáctica del pacto social. Cuesta aislarse del dolor que de estas páginas emerge cuando se lee el testimonio de aquellos muchachos, entre ellos el autor, que pensaban, sin duda alguna, que la vida debía parecerse a sus sueños de justicia, aunque esos mismos sueños hacía tiempo se habían convertido en verdaderas pesadillas dantescas donde se implantaron. Qué sorpresa nos causa leer que en Albania, por ejemplo, Enver Hoxha, al cabo de varios años, recién en 1975 devolvió las sillas confiscadas a la población humillada “porque a los cafés no se va a discutir política. La política tiene su epicentro en la sede del partido o en los sindicatos”. Prohibido hablar, es claro. Se sabe, además, que la prohibición tenía un alcance más extremo y despiadado: prohibido pensar por cuenta propia. Curioso, y escalofriante, que en la Bolivia actual se censure, desde algún nivel del gobierno, de igual forma. La militancia del partido debe doblegarse a la consigna aunque esta sea estúpida y atente contra valores y principios que los constituyen como personas.

Había que aprender a vivir nuevamente alimentados de ese horroroso pasado. Las crónicas de Decker-Molina ayudan a que su autor se ponga de pie y lo intente con lo mejor de sí. Sin perder de vista sus anhelos de justicia social, pero atendiendo la cuestión con una visión global, integral

–“¿Existe una literatura femenina?” Citando a Alice Munro:

“Cuando un hombre sale de su habitación, todo lo ocurrido queda allí; cuando sale una mujer, lo ocurrido sale con ella”. O a Sara Stridsberg: “Si pudieran mandar un hombre a la luna, yo podría mandarlos a todos”.-, enriquecida por la nítida incorporación de género y de diversidad absoluta visibilizada en el mundo contemporáneo, se anima a acompañar este tiempo dejando atrás el remoto y superado de su juventud.

Se suceden las interesantes entrevistas con los premios Nobel, con los políticos del Medio Oriente, y no piensa que existe traición a sus ideales cuando se distrae y solaza hablando de comida. De a poco intenta reintegrar al ser humano que las decisiones de entonces bien pudieron fraccionar en dos. Por debajo de ese intento subsiste con porfía la nostalgia –la angustia de no volver a casa-, pero envolviéndolo todo está la fina piel de su calidad humana.

Un pensamiento final de Carlos Decker- Molina: “El que logra reunir muchos recuerdos está salvado para toda la vida”. Es cierto. Los muchos recuerdos indican que se ha vivido con plenitud.

Gonzalo Lema
Cochabamba, Bolivia-2018.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies