Coleccionista de recortes y papelitos escritos (III)

“Las moradas del pasado son en nosotros imperecederas”

 

Esta cita escrita en uno de mis cuadernos de apuntes, salvado del fuego, es de Gastón Bachelard del que conozco unos versos que también están copiados en alguna libreta de apuntes. Si me dan media hora los ubico en alguno de mis papelitos garabateados.

Se preguntarán por qué esta vez mi memoria funciona con cierta rapidez juvenil.  Hace unos meses llegó a mis manos un libro delicioso titulado Papeles Falsos de Valeria Luiselli en el que tiene una cita del profesor de historia de la ciencia, filósofo y poeta muy querido y citado por Louis Althusser y Michel Foucault. La cita: “El espacio no es más que un “horrible adentro-fuera””.

No tardé ni media hora y encontré los versos, pero descubrí que Bachelard, el filósofo y poeta, no es el autor. Bachelard inicia su escrito llamado “I la casa del sótano a la guardilla. El sentido de la choza” con unos versos suscritos por Pierre Albert-Birot poeta de la avant garde francesa, que yo pensé que eran de Gaston Bachelard. Se los entregó para abrir mi recuerdo de las casas, chozas, habitáculos o celdas donde he vivido, esos espacios que cierran el afuera, porque a veces es peligroso asomarse

 

¿Quién vendrá a llamar a la puerta?

Puerta abierta, se entra.

Puerta cerrada, un antro.

El mundo llama del otro lado de mi puerta

 

(Les amusements naturels, p.217 – Pierre Albert – Birot)

 

“La casa, como el fuego, como el agua, nos permitirá evocar … fulgores de ensoñación que ilumina la síntesis de los inmemorial y el recuerdo”

Cómo olvidar esa casa (¿?) de la calle 25 de mayo donde viví con mi padre y mi madre. Era un segundo patio y allí estaban esos dos cuartos, no olvido ese espacio porque fue allí donde se deshizo el matrimonio de mis padres, es allí donde José me dejó un encargo para hombre cuando era un niño: “Cuidarás de tu madre y tu hermano” Nunca sabré si cumplí el encargo porque jamás se lo quise preguntar.

En ese espacio cerrado de casa vieja con puerta con cerrojo colonial que, en manos de mi madre, la llave parecía un arma de defensa, se amó y se rió, pero también se hizo lo contrario.

La memoria y la imaginación ayudan a sostener en el recuerdo ese habitáculo, el primero que viene a mi memoria, además por una razón hilarante, nuestra vecina hacía correr en el patio a su hijo para que se agite antes de tomar sus cucharadas contra la tos. Mi padre sostenía: “Es una ignorante” y mi madre decía: “Le digo que, lo hay que agitar, es la botella”. Me compadecía de mi vecino y corría junto con él, a pesar de que yo no tocía.

Otro sitio cerrado que me fascinaba, al que jamás pude entrar, fue la cueva del mudo de Parotani. Braulio era mi amigo al que le regalaba mis revistas de historietas que las miraba y decía gruñidos como si estuviese leyendo, se reía y hacia ademanes como si entendiera la historia. El mudo leñero, tenía dónde vivir, era un allegado de unos finqueros de Itapaya, pero, como vivienda de reserva tenía una cueva natural entre Parotani y Chiltupampa donde a veces dormía. Mi curiosidad era tan grande que solía acercarme con discreción, pero con la creencia de que me invitaría a pasar. El mundo salía y se plantaba frente a su cueva (una boca mina abandonada) y me hacía señas amables para que me vaya. El estaba en ese espacio adentro afuera del habla Bachelard. No dejarme entrar en su cueva sería la garantía de su propiedad o tal vez la seguridad de su soledad.

Los valores de intimidad del mudo Braulio eran importantes a la hora de no invitarme a su cueva. Se tenía que considerar el dueño absoluto y sobre todo el propietario de ese hueco dentro la montaña. Como yo me consideraba en la celda de la policía federal argentina cuando me apresaron. De poder no habría permitido que nadie me visite, porque las visitas no eran amigables, cada ruido de candados o chapas abriéndose para dejar paso a los policías era una suerte de sinfonía negra antes de lo peor, los interrogatorios y sus sucedáneos eléctricos; sin embargo, siempre había una neurona que hacía suponer que se abrían las rejas para salir del espacio cerrado al espacio abierto que, por la represión militar, se convertía en espacio cerrado por el peligro. Uno no sabia en qué espacio continuar la vida.

Entonces aparece el exilio como espacio abierto que luego se cierra porque al estar uno en espacio ajeno es como si ese espacio estuviera poblado por otros espacios que hay que, conquistándolos en una lucha laboral, de conocimientos, de idioma, de roles y prejuicios. El exilio es un gran espacio con puertas que se abren o se cierran hasta encontrar una morada que, por primera vez, se puede considerar un espacio cerrado, pero lleno de nostalgia y recuerdos que son como los muebles de la nueva casa. Todavía hoy, después de muchísimos años, sigo cerrando puertas para quedar atrapado en las cuatro paredes de mi dormitorio donde gozo de ese espacio cerrado.

El psicólogo dirá que es el retorno a la placenta.

No se trata de describir mi apartamento/casa como un objeto, que también lo es. Lo que intento es rebasar los asuntos descriptivos para tocar su virtud primaria, esa que se revela como adhesión innata a la funcionar de habitar.

No olvidaré jamás la voz de mi niña Tatiana, cuando salíamos de Francia a Argentina, yo a crear mundos mejores – sí, lo digo en singular a pesar de que éramos cinco – me preguntó ¿dónde vamos a vivir? Que para mí era ¿dónde vamos a habitar?

Habitar para el psicólogo no es lo mismo que para el geógrafo o el etnógrafo o para el simple humano que huye. El espacio vital para los huidos está con relación a la dialéctica de la vida. Al fin del viaje todos queremos enraizarnos en algún rincón del mundo, por eso mi seguridad es completa en mi dormitorio, mi espacio vital lleno de recuerdos, fantasmas de los buenos y los malos. Además, sin banderas, sin himnos y sin represores.  

¿Por qué no volviste a tu primer espacio cerrado?

Porque en la huida pasó a ser un espacio abierto donde ya no se puede volver.   

 

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