Coleccionista de recortes y papelitos escritos (II)

Gracias Dennis por haber escrito unas líneas en mi blog. Para convertir mi agradecimiento en algo real he decidido contarte más sobre mis apuntes en servilletas y papelitos. Mira … justo ahora encuentro el horario en el que debía hacer ese trabajo extra que suponía leer novelas cortas para los ciegos.

Había colegas de radio Suecia que admiraban mi solidaridad de latino con los ciegos de habla hispana. La verdad es que me pagaban, ganaba unas coronas extras, pocas (ahí moraba la solidaridad) porque no el emolumento no era lo prescrito por el mercado laboral.

Era un estudio modesto en las afueras de la capital, me probaron la calidad de la lectura (me aceptaron sin dudar) Me entregaron el libro – El coronel no tienen quién le escriba – Me condujeron a un cuartito pequeño, apenas podía estirar las piernas, quede mirando de frente a un micrófono RCA de esos antiguos. Miré extrañado su voluminosa presencia, bajé la vista y vi la pequeña consola. Recibí las instrucciones: – el botón rojo es grabando – el negro es stop – el verde es para repetir, cuando te equivoques, vuelve automáticamente hasta un punto (hay una pausa natural que se aprovecha para regrabar sin perder el ritmo)

El suequito bizco me sonrió y se fue. Me quedé solo asustado, pero a mi lado estaba el coronel y, para que voy a mentir, la pasamos muy bien, él contando a través de mi voz. Apostábamos por un gallo que nunca ganaba. Y escribimos unas cartas sin respuestas.

Seguramente he leído una biblioteca de cuentos y novelas breves, la última fue Soldados de Salamina. Mi voz es el hilo conductor de las historias novelescas que muchos ciegos escucharon, ¿seguirán haciéndolo?

Fue entonces que me entró la curiosidad por la ceguera.

Cuando me puse a pensar en la ceguera concluí, cuando más información llega vía los ojos hay menos campo para la fantasía, es decir la información visual no deja nada indefinido.

El ciego de nacimiento no sabe lo que es el cuerpo de una moza, lo tantea, lo ve con el tacto; esa ausencia de información debe producir el despertar de esa gran fantasía que los videntes no tenemos. Nuestra fantasía está limitada por la información. Probablemente el Eros de ciego es más real que el del vidente   

Mi primo Hernán era ciego, pero no de nacimiento, entre otras cosas era un gran masajista, alguna vez me dijo que el masaje profesional a ciegas en el cuerpo de una moza era la forma de racionalizar a Eros, pero ¿cómo sabía que era moza y no una jubilada?  

¿Recuerdan la película Empire of the sun? El libreto esta basado en el texto biográfico de James Graham Ballard, escritor inglés nacido en Shanghai.

Este escritor tiene un relato breve que titula La Gioconda del mediodía crepuscular,

Rápidamente, Maitland apartó las ramas de los sauces y camino hasta la orilla. Un momento después, Judith oyó el grito de Maitland por encima de los chillidos de las gaviotas. El sonido era mitad de dolor y mitad de triunfo, y Judith corrió hacia los árboles, sin alcanzar a saber si Maitland se había lastimado o había descubierto alguna cosa desagradable. Lo vio de pronto

De pie en la orilla, la cabeza alzada a la luz del sol, las mejillas y las manos encendidas, de brillante color carmesí, como un Edipo angustiado e impenitente.

 

Maitland es el protagonista del relato de JG Ballard que se retira a un lugar asilado junto al mar. Lo hace para recuperar su ceguera considerada momentánea. En su retiro advierte una notable agudización de los otros sentidos. Sueña, fantasea, tiene visiones de ensueño que pronto le parecen reales. Esa realidad, digamos inexistente, es la única a la que se entrega el ciego con obsesión.

En su visión Maitland sube unas escaleras de piedra que lo conducen a una cueva donde mora una maga, que se transforma en el objeto de su anhelo.

Cuando llega la hora del cambio de vendaje, advierte que le llega a uno de sus ojos un rayo de luz, Maitland se asusta porque la luz está quemando sus fantasías.

Pronto vuelve a ver, muy triste constata, sus ensoñaciones no retornan más.

Desesperado, toma la decisión radical de destruir sus ojos para ver más. Así, el grito de dolor se mezcla con el júbilo.

Quizá por eso es importante cerrar los ojos de cuando en cuando para ver mejor. Yo los cerré para intentar ver mejor la realidad.

Una vez visité a un ciego (un técnico de sonido de Radio Suecia) en su apartamento de soltero, era un etta, es decir un solo ambiente con cocina.

Quedé a ciegas porque no tenía luz eléctrica, ¿para qué? No le interesaba abrir las persianas para entre la luz natural ¿para qué? De entrada, me tropecé como tres veces porque los ciegos tienen su propio orden que no es el de los videntes.

Tomé el café, me sirvió sin que caiga una sola gota y – me da vergüenza – pero hui, porque cuando fui al baño tampoco podía ver, unas sombras me advirtieron que ahí no podía mear, podía tantear con todos los riegos de ensayar una coreografía extraña en un espacio pequeño, al final me aguanté y le dije chau. Hasta que – años después – estuve en un lugar extraño para “ser ciego durante dos horas”

La asociación de ciegos de Suecia tiene unas instalaciones donde uno aprende a ser ciego o aprende a comprenderlos y – acaso – admirarlos. Hay calles con ruidos de autos y buses, avenidas con más sonidos, estaciones de metro, bosques y lagos – muy común en Suecia inclusive en la capital – La “exposición” tiene un espacio dónde uno se puede tapar los ojos con unos antifaces (¿?) que no permiten ver las fichas de dominó, que se eligen al tacto y, se puede jugar, pero queda la duda que ellos no tienen, además una partida tarda mucho en tiempo, lo que quiere decir que el ciego tiene otro tiempo o está más adiestrado y juega al ritmo del vidente. No lo sé.

El salón principal es un paseo por un mundo en miniatura. Como dije, dura como dos horas. No se necesita antifaces porque el lugar esta tan, pero, tan oscuro, tiene que ser hermético sin un solo espacio por donde se filtre la luz. Iba acompañado por mi nieta y su novio.

Visitamos el apartamento de un ciego, entramos en la sala, el dueño, un ciego, que además era nuestro guía, nos dijo: “A la derecha esta mi cocina donde vamos a tomar un café o un refresco, también unas galletas que las pueden encontrar en el mesón”. No voy a describir en plural porque mis sensaciones de ceguera no deben ser las mismas que las de mis acompañantes.

En primer lugar, mi derecha era totalmente caprichosa, al final luego de mucho esfuerzo pude llegar a la cocina, tocado, tocado encontré el mesón, escuché la voz del guía-anfitrión que invitó el refresco – no quise chancear con el café que es líquido caliente y por lo mismo peligroso – en hora buena porque al tomar el vaso desparramé algunas gotas.

El gran problema fue salir a la calle con ruidos de autos, gente. En Suecia en cada cuadra hay postes de luz con botones que adelantan la parada de los vehículos, cuando estos están parados suena un timbre anunciando la vía libre.  Y, más problemas cuando abordamos el metro y, lo peor, cuando me perdí en el bosque donde suelo extraviarme incluso en condiciones normales.

Perdón, no puede seguir contándoles más, me convocan al almuerzo; como compensación les dejo un fragmento de la Oda al mal ciego, escrito en uno de mis papelitos, nunca sabré por qué no copié todo el poema, es solo un fragmento. ¿Conocen al poeta?

Oh ciego sin guitarra
y con envidia,
cocido
en
tu
veneno,
desdeñado
como
esos
zapatos
entreabiertos y raídos
que a veces
abren la boca como si quisieran
ladrar, ladrar desde la acequia sucia.

Después del almuerzo, el lavado y secado de cacharros y las noticias de Eco es hora de la siesta, quince minutos que sirven para soñar, ilusionarse como el ciego, porque el dormir supone estar ciego, con los ojos cerrados se miran cosas extrañas. Antes de cerrar los ojos les aviso que el poeta es Pablo Neruda.  

Una temporada, los primeros meses de mi exilio, anotaba mis sueños no tenía ningún propósito psicoanalítico y menos yatírico – una palabra inventada por mí, viene de yatiri que significa curandero/advino de acuerdo con el diccionario quechua-español – anotaba para usarlos alguna vez y … resulta que esos papelitos llegaron en algún bolsillo hasta Suecia.

 

Gracias Dennis por leer la primera entrega y provocar esta segunda. Si nadie reacciona en el blog, mal o bien, quedaran sin saber mis sueños. ¿Estaré escribiendo un libro? La verdad es que no lo sé.

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