Viaje al silencio

Carlos Decker-Molina

Salir de la capital sueca en un viaje de tres horas y media con dirección norte es ir a buscar la lejana floresta del silencio.

 

No es la primera vez que me enfrento al silencio del bosque sueco. Es un silencio sin ausencia de voz, no tiene olvido y no es vacío. Está cargado de voces que brotan como notas musicales para luego callar y ceder el turno al murmullo de aguas o al graznido de aves.

El silencio es vacío, ausencia y olvido en lugares donde reina el ruido de cerraduras que se abren y se cierran, silencio con eco de pasos militares, silencio de muerte que sigue al grito desesperado del que evitó tener voz para hablar. Ese silencio también lo experimenté, quizá por eso me gusta el bullicio, la conversación entrecruzada e irrespetuosa de los cafés y los boliches de segunda.

Sin embargo, el silencio de Järvsö, me llena de poesía, es como tocar con las manos el fondo de la música, se siente el vibrato que se adelgaza hasta convertirse en lamento de pájaros o en lenguaje de aguas. Es un silencio con voces de árboles que dicen mucho cuando los bate la ventisca.

En silencio me mira el animal con su cuello alto y sus ojos negros y redondos, olfatea, me vuelve a mirar admirado quizá de mi quietud y mi silencio y se aleja despacio, con calma, sin apuro y en silencio.

Si el silencio tiene fondo, ¿dónde comienza? Ahí quedé mareado de verde, cuando salí del fondo del silencio llegué a la algazara, que es su comienzo.

En el bullicio me quedo porque no soy poeta que tiene por musa al silencio.

 

 

 

Este viaje me recordó el poema de Octavio Paz:

Así como del fondo de la música 
brota una nota 
que mientras vibra crece y se adelgaza 
hasta que en otra música enmudece, 
brota del fondo del silencio 
otro silencio, aguda torre, espada, 
y sube y crece y nos suspende 
y mientras sube caen 
recuerdos, esperanzas, 
las pequeñas mentiras y las grandes, 
y queremos gritar y en la garganta 
se desvanece el grito: 
desembocamos al silencio 
en donde los silencios enmudecen.

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