La no ficción de Cercas

Carlos Decker-Molina

El exilio tiene sus héroes, pero una mayoría sino todos son proyecciones engrandecidas de una realidad más modesta, es decir somos héroes que en realidad nos encaramamos en los hombros de algún gigante (¿el Ché? ¿Allende? ¿Marcelo?) o simplemente adornamos nuestro ayer para crecer en el presente y para no perdernos en la sombra del ninguneo en territorio extraño. No lo sé si lo hacen todos, no se sí se justifica porque le hace bien a la “causa”. Todas estas interrogantes figuran de alguna manera en la última novela de Cercas.

El Impostor (Random House), se trata de una historia verídica por cierto inverosímil de Enric Marco (catalán – 1921). Verídica porque es real que Marco se inventó un pasado como prisionero en un campo de concentración nazi e inverosímil porque, a pesar de algunas dudas de cierta gente, permitieron que la mentira de Marco se vuelva verdad, porque encajaba bien en el márquetin de la transición política española.

Cercas ha realizado una exhaustiva investigación que ha incluido largas sesiones con el propio impostor. Valga una aclaración, no es Cercas quien descubre la gran mentira de Enric Marco sino el historiador Benito Bermejo. La investigación académica es del año 2005 y la novela de Javier es de fines de 2014.

Marco había publicado libros, artículos, ofrecido conferencias en universidad españolas y del extranjero, había hecho llorar a los congresistas españoles contando los horrores indecibles que padecieron él y sus compañeros en aquellos mataderos humanos. Enric Marco era un tremendo fabulador, se había inventado de principio a fin una heroica biografía de resistente republicano, exiliado y prisionero del nazismo hitleriano.

Javier – le digo – ¿cómo se te ocurrió escribir una novela con un material que ya en sí es una novela?

Me mira, sin mirarme, porque está procesando la respuesta y cuando la tiene lista se vuelve una pregunta: ¿Y quién ha dicho que la novela tenga que ser una ficción?

Ya lo dijo en un seminario en la Universidad de Estocolmo: “La idea convencional es que la novela sea ficción, pero, yo no me resigno a ella. El Impostor es un libro esencialmente irónico, en el que todo significa dos cosas, y eso define a la novela”.

Mi diálogo con Javier no es solamente sobre El Impostor, hablamos de modelos literarios: “El mejor es el cervantino”. Pero, el realismo cervantino no debe confundirse con la técnica literaria realista. Si la prosa de Cervantes se considera realista es solo porque quiere desvelar las claves de funcionamiento del mundo real. Y, esa es la parte que suscribe Cercas: “Don Quijote es heroico y ridículo; está loco como una cabra y al mismo tiempo es el hombre más sensato del mundo”.

Le doy algunas referencias sobre la literatura actual de Suecia para entrar el terreno que me interesa quizá por mis antecedentes periodísticos, que supone el manejo de la verdad con todo su relativismo. Javier da una media vuelta y me toma del hombro para decir: “Creo que, aunque estamos en el siglo XXI, manejamos una idea de novela un poco estrecha, ni siquiera del XX, sino del XIX. La miramos como una ficción en prosa en la que se cuenta una serie de dramas con la máxima rapidez y eficacia posible. Casi todo el mundo trabaja con ese modelo, que a mí me parece estrecho, y que sobre todo no es el único. Antes había otro, más flexible, libre y plural, el de Cervantes, que se impuso hasta al siglo XIX. Era un banquete con muchos platos, en el que cabía todo. Podías meter crónica, ensayos, cualquier cosa … un cocido español”.

Lo interrumpo para decirle que hay quienes siguen escribiendo como en el s XIX, le doy el ejemplo de  Kazuo Ishiguro (No me abandones), y alcanzo a decir: Y lo hacen bien. Javier retoma el hilo y justifica, “Ishiguro lo hace muy bien. Pero no veo por qué tenemos que renunciar al otro modelo, o combinar los dos. Mi libro es crónica, biografía, autobiografía, ensayo … me refiero a El Impostor. Y yo alcanzo a decir y Soldados de … sí claro  y el resultado estimado Carlos es una novela”.

¿Por qué escribes Javier?  Esta vez no piensa mucho y dice: “Escribo porque no entiendo… vamos a ver…. ¿Por qué escribí  Anatomía de un Instante?, porque aún sigo preguntándome: Por qué carajo Suarez (el presidente español) y otros dos más (Carrillo dirigente del PC)  no se tiran al suelo cuando el militar Tejero entra en el parlamento disparando el 23 de febrero de 1981 y todo los diputados están en suelo que es lo normal. O esta otra pregunta que es la base de Soldados de Salamina: ¿Por qué un soldado republicano no dispara contra Sánchez Mazas, el ideólogo del fascismo? No hacerlo no es solo heroico porque en la guerra si no matas al enemigo te matan tus compañeros. Son esas preguntas que intento responderme, pero tampoco hay respuestas. La búsqueda de la verdad moral le corresponde a la literatura”.

La dicotomía verdad/mentira surge de una manera brillante en su última obra El Impostor, pero, Cercas no es Truman Capote que traiciona la confianza de los asesinos y llega incluso a desearles la muerte, tampoco es como Charles Dickens que cambió la historia de una novela por entregas para no perjudicar a una señora de provincia con quien la gente comenzaba a enconarse. Cuando se toca el tema en un conversatorio en el Instituto Cervantes, Javier dice que El Impostor es una novela sin ficción, “así que no podía alterar la realidad. Pero, hay una perversión que asumí, que en realidad me torturó. Por eso aparezco en el libro y muestro mi relación con Marco, no me escondo como Capote, que desaparece de su novela. Además convierto este problema en uno de los temas del libro. Si me salvo o no, si salvo a Marco o no, eso lo tiene que decidir el lector”.

Cuando retomamos el tema le recuerdo que Paul Valéry dijo que las obras maestras las escriben los lectores. Como lector de El Impostor, le digo, hay una tentación en justificar a Marco o atemperar su narcisismo con la explicación patológica. Javier me vuelve a tomar del hombro y me dice arrastrando las palabras: “Marco no está chalado. Eso es lo que solemos decir para tranquilizarnos. Contra esa idea, justamente, he escrito el libro. Ha habido incluso gente inteligente, como Claudio Magris (El Danubio), que sostuvo que las mentiras de Marco eran justificables porque, tras de ellas, latía la verdad. Para mí todo lo que hizo Marco es injustificable. Lo peor es que daba una versión kitsh y romanticoide de la historia, falsificándola por completo, pero este gran mentiroso no está loco; en el fondo es igual que nosotros”.

Personalmente no lo justifico – le digo – pero le entiendo que no es lo mismo. “De eso se trata – me responde – Entender no es justificar, es lo contrario. La literatura muestra lo increíblemente complicados que somos y consigue que sintamos compasión por Raskólnikov, el asesino de Crimen y Castigo”.

Un apretón de manos y  Javier se quedó con Joan Álvarez (Inst. Cervantes) y yo me fui al metro escribiendo mentalmente este texto para Uds.   

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