El saxofón

Carlos Decker-Molina

Los sonidos eran sobrecogedores, sentimientos hechos música, convocaban al amor o a la muerte, que es más o menos lo mismo. Era el viento que me acercaba esa extraña música que llegaba como caricia a mis oídos de adolescente; me fui caminando como embrujado en busca de la melodía. Parecía un niño de Hamelin, sólo que no desaparecí. Llegué a una chichería donde alguien tocaba un latón abollado y viejo. No me dejaron entrar por imberbe. Para escuchar mejor me arrimé a la ventana y me elevé gracias a dos adobes.

El músico era un hombre de pueblo que iba y venía desde Quillacollo “hasta dónde me alcance el aliento”. Lo escuché en los límites de Itapaya, “una parada obligada por el cansancio antes de llegar a Capinota para seguir a las minas de Oruro”, me dijo no sin antes enseñarme que el instrumento que me había embrujado se llamaba saxofón. Vino hasta mí como si supiera del sortilegio confirmándolo aún más. Luego advirtió: “pasa con los sentimentales y el saxo. No te dejes dominar. Terminarás como yo, vagabundo y alcoholizado. No se te ocurra aprender a tocarlo”

Pasaron los años. Una noche en la ciudad vieja de la Habana, buscaba afanosamente la dirección de un artista plástico que vivía con una sueca, amiga mía. De pronto …. Escuché: “Reloj no marques las horas …. Porque voy a enloquecer… ella se irá para siempre … cuando amanezca otra vez”. No cantaba nadie, era el saxofón que repetía el bolero con voz metálica. Cambié de rumbo y me fui detrás de la música, llegué cuando decía: “Detén el tiempo en tus manos … haz esta noche perpetua …para que nunca se vaya de mí … para que nunca amanezca”. Aplaudí, yo era el único que escuchó al mulato ensayando apoyado en una escalinata de una casa de vieja alcurnia venida a menos por la revolución.

¿Sabías que es el instrumento del diablo? Me miró, dejó el saxo apoyado en la escalinata y desapareció. Esperé unos minutos y el mulato no volvió. Me atreví a tocar el latón y a palpar con mis dedos ese desbarajuste de teclas grandes y pequeñas, estuve a punto de levantar el instrumento cuando escuché que una melodía bajaba lentamente por las escaleras oscuras … Cerré los ojos para cantar sin abrir mi boca: “Bésame, bésame mucho … como si fuera esta noche la última vez … Bésame, bésame mucho, … que tengo miedo perderte después”.

El mulato y su compañera hicieron un dúo de saxos sólo para mí. Y, corroboraron, a la hora de los rones, que es un instrumento maldito, invitado incómodo en casi todas las orquestas del mundo.

Fue inaudito que se inventara un instrumento que, hasta ese momento, nadie sabía que iba a revolucionar la historia de la música. Lo llamó saxofón, así su nombre ganaría un lugar en la historia del siglo XIX. Antoine Joseph Sax es el inventor, al principio de la historia se lo conocía como Adolphe Sax o Le petit sax.

Pierre, el francés y Chali, el boliviano, me llevaron a un boliche de esos que sólo hay en Paris, no recuerdo el lugar, pero la calle era tan poco iluminada que parecía Oruro de los 60. Apestaba a cebolla porque “aquí se comen las mejores sopas de cebolla”.

A los días me reclamaron por haberlos dejado solos. No, no hui ni por el olor ni por el lugar, me fui tras el sonido ronco de un saxo que me volvió a embrujar con Sous le ciel de Paris. El intérprete era asiático que siguió tocando hasta que los matarifes de alguna carnicería aledaña llenaron el lugar con sus voces, fue el asiático que me contó: “Desde que los labios de Antoine Joseph tocaron por primera vez el prototipo de su saxofón, enfrentó calumnias, robos, demandas judiciales, bancarrotas y sufrió atetados contra su vida. Con esos hechos intentaban suprimir el nuevo sonido”. La mala suerte duró hasta el siglo XX, “hubo intérpretes que fueron encarcelados por el simple hecho de tocarlo”. Los otros vientos no querían competencia huracanada.

“Si les fleurs …Qui bordent les chemins … se marchitarán mañana … yo guardaría en mi corazón … aquella que brilló en tus ojos … (Pequeña flor)

Era una noche de las llamadas tranquilas, sólo se escuchaban disparos aislados y voces ebrias cantando sus coplas lugareñas. Los serbios se habían retirado de sus posiciones y los croatas aprovecharon esas horas de tregua para mover las trancas y ganar frontera en el camino que los unía con Dubrovnik. De pronto escuché las notas de un saxo. “Debe ser un gitano”, dijeron. Qué extraño, Moon River en solo de saxo en una tregua de la guerra de Yugoslavia, sonaba más triste que aquel Moon River de años después en Manhattan del nuevo siglo, a pesar de que mi soledad y mi tristeza eran más profundas en Blue Note Jazz Club que en el hostal de Mostar.

Un predicador negro del Harlem me dijo que el saxo “siendo el cuerno del diablo” no podía entrar en las iglesias y tampoco en los grandes teatros reservados para orquestas sinfónicas.

No es el “rey del viento”, como lo llaman, no. Es el rey del suburbio, el príncipe de la noche, le gusta el jazz porque se estrena en cada tema, amanece y se oculta en su estuche a la salida del sol; es o por lo menos fue un clandestino, indocumentado, inmigrante toca-lo-todo, borracho y mujeriego que amarga la vida de un soplido que se convierte en música.  

Termino de escribir acompañado del saxo de Stuart Mattewman. Siempre hay esperanza, es el único tema instrumental del CD Stronger than pride de Sade. Como estoy pasado de moda me atrevo incluso a pedir disculpas, todo sea por mi amor al saxofón.

     

 

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